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tomando prestado el título del volumen de Fernando Gar-  nes— aparece solo al final. Zarco no investiga, sino que se

 cía Selga y José B. Monleón, son “[r]etos de la postmoder-  transforma en pasivo confesor y testigo de los delitos, deli-

 nidad” (Madrid: Trotta, 1999). Mejor aún, son retos a la   tos que nadie denuncia. En ambas novelas el detonante de

 postmodernidad desde la postmodernidad.  las acciones violentas es el dinero y las víctimas son tan cul-

 Si los dos textos de Marta Sanz son complejos por sus   pables de sus excesos como sus asesinos.

 cambios de focalización, por la interferencia de un relato   Marta Sanz asume, como ella misma comenta en una en-

 dentro de otro relato, por los flujos de conciencia de varias   trevista concedida a Daniel Arjona, “el reto de contar a tra-


 —pero iguales— voces narrativas, por su alternancia en-  vés de una voz que se expresa sobre diferentes soportes” (El

 tre el discurso directo libre y la narración homodiegética,   Cultural 29/06/2012). Tal vez sea éste el rasgo más caracte-

 y por las rupturas del llamado pacto de lectura, sus histo-  rístico de su obra: a pesar de hacer hablar a varios persona-

 rias (“historias” en el sentido que Genette le da a este térmi-  jes, la voz narrativa es siempre la misma, una voz híbrida,

 no) se pueden resumir en pocas palabras. En Black, black,   multiforme, llena de resonancias diferentes, que se expresa


 black, Arturo Zarco, un detective privado, contratado para   por medio de una impresionante destreza lingüística, sobre

 resolver un caso de asesinato, conduce sus indagaciones en   diferentes soportes. Esta voz —en mi opinión la gran pro-

 el edificio donde la víctima murió estrangulada y entra así   tagonista de las novelas de Marta Sanz— acompaña a sus

 en contacto con sus vecinos, todos sospechosos del crimen.   lectoras y lectores en un fascinante viaje a través de enume-

 Pronto se enamora de uno de ellos, el joven Olmo, con   raciones léxicas, juegos de palabras, asociaciones de ideas,

 el cual empieza una relación sentimental. Zarco comunica   pleonasmos y ecos literarios, subiendo a registros de elevada

 por teléfono los detalles de su investigación y los pormeno-  elocuencia o bajando a modismos populares: una rebosante

 res de sus amores a su ex mujer, Paula Quiñones, y al final,   profusión verbal que produce una sinestesia de sensaciones

 cuando Zarco termina en el hospital por una paliza, es ella   visuales y hápticas. El carácter cinematográfico de su pro-


 quien toma las riendas de la investigación y quien solucio-  sa es evidente: “Una cámara acelerada barre la silueta de se-

 na el caso. Las vicisitudes de Zarco continúan, después de   res humanos progresivamente más erguidos” (2012, 210) o

 su ruptura con Olmo, en Un buen detective no se casa jamás.   “Pinto el relato de Cambra con la textura nebulosa que tie-

 Como antídoto para su desamor, Zarco acepta la invitación   nen las películas de grano gordo” (2012, 223). Pero Marta

 de su pudiente amiga Marina y pasa una temporada en su   Sanz no solo nos hace ver sino también oír, oler y acariciar.


 riurau de la costa mediterránea. Aquí, Zarco conoce a la fa-  Por ejemplo, al describir a Luz, Zarco señala sus gestos “gá-

 milia peculiar de su amiga, que se caracteriza por tres gene-  rrulos, locuaces, incontinentes, extrovertidos” (2010, 68) y

 raciones de gemelas: la de Marina y su hermana Inge, la de   sigue comentando que “provocan un ruido que me impide

 sus dos sobrinas, y la generación de su madre y su tía Am-  oír la voz que, formando parte de ese ruido, se pierde entre

 paro. En esta novela, el crimen —o mejor dicho, los críme-  los timbrazos, las caceroladas, los chisporroteos, los sones,






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 Revist a   de   alces   XXI                                  Número  2 , 2014-2015
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